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La envidia, la vanidad y la difícil gestión de los egos

By | Actualidad | 4 Comments

Desde tiempos casi ancestrales, la historia está plagada de escritos y testimonios en los que se habla de la envidia como una de las cualidades inconfesables más fuertemente enraizadas en el ADN de nuestra cultura.

Como ya dijera François de La Rochefoucauld, en una de sus clásicas máximas, ‘a menudo se hace ostentación de las pasiones, aunque sean las más criminales; pero la envidia es una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a admitir’. Esta actitud con frecuencia invade todos los órdenes de la vida, con especial incidencia en el ámbito del trabajo, de los profesionales y de las empresas.

El sector del marketing, de la publicidad, del periodismo y de la comunicación no son una excepción y, tal vez por su mayor repercusión pública, se encuentra más expuesto a los obstáculos que la envidia y el individualismo exacerbados ponen en el camino de las empresas, los emprendedores y los profesionales.

Damos por hecho que la tristeza o la ira provocadas por el éxito ajeno son el contrapunto del trabajo colaborativo y una barrera difícilmente franqueable para el liderazgo y la gestión de los equipos de trabajo, al menos tal y como la concebimos en nuestros días.

La gestión de los egos es una asignatura pendiente que ni tan siquiera nos atrevemos a incorporar a nuestro expediente, darle visibilidad o afrontarla como una debilidad real y palpable. En buena parte de las organizaciones, la miramos como si fuera transparente y nos resignamos a sus perversos efectos, que se hacen notar en el clima laboral y en el deseable crecimiento de personas y empresas. Se trata de un tabú que preferimos pasar por alto, a pesar de su consistencia y su condición de amenaza estratégica y operativa. Es el eterno juego de los vicios privados y las públicas virtudes, que hoy conocemos en su versión dos punto cero.

Aunque nos cueste admitirlo, no nos resulta sencillo compartir los éxitos y nos sentimos más inclinados a acapararlos de forma excluyente. Cualquier éxito o avance es solo nuestro y cualquier fracaso, incumplimiento o retroceso es atribuible a nuestros más cercanos colegas, por supuesto.

El popular concepto de ‘gurú’, tan utilizado en el mundo de la comunicación en la actualidad, posee innegables connotaciones de individualismo, narcisismo y egos que la vanidad logra dejar fuera de control. La figura del gurú va casi siempre va unida a grandes dosis de envidia, personalismo y exclusión. Un presunto gurú acostumbra a sentir el placer de su propio éxito y también la satisfacción de generar sentimientos de envidia malsana y distanciamiento entre sus colegas. Además, al gurú no le importa alardear de ello en lo más mínimo.

Así parece que la gestión de los egos en un equipo de trabajo o en una compañía sean misiones imposibles, como consecuencia de la aparición de actitudes incompatibles con la excelencia, la innovación, la competitividad, el cambio incesante y los valores ligados a la responsabilidad social de cualquier empresa.

En líneas generales, ante este panorama solo caben dos actitudes profesionales para gestionar los egos, liderar un equipo o incluso para formar parte del mismo como un integrante más:

El camino fácil y menos arriesgado es el que se describió hace más de seis décadas como Síndrome de Solomon, es decir, dedicarnos a formar parte del paisaje, mimetizarnos, camuflarnos, no llamar la atención y repetir lo que hacen nuestros compañeros y responsables. No podemos consentir que nuestros éxitos ofendan a los demás, ni tampoco asumir los riesgos que representa ser creativos o simplemente diferentes. Si se ha de progresar profesionalmente, mejor que sea con procedimientos más dudosos e interesados.

Como contrapartida, la actitud valiente y constructiva en la gestión de los egos tiene que ver con el liderazgo transformacional, algo tan complejo como crear un clima de empatía, trabajo colaborativo, apoyo mutuo, participación, creatividad, motivación por los objetivos colectivos y plena implicación con los valores positivos del equipo y de la organización. Se trata de una evolución paulatina, sacrificada y no exenta de dificultades. Nadie afirmó nunca que fuera fácil.

De todas formas, como dijera George Burns ‘es mucho mejor fallar en algo que amas que tener éxito en algo que odias’.

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