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¿Debe chirriar la RSC?

By | Actualidad, Hoy | No Comments

Me sorprendieron ayer las imágenes de una treintena de chavales africanos cantando el himno del Athletic Club Bilbao en un claro de la selva congoleña. Todos apiñados en un mismo punto, disciplinados y famélicos. No llevaban zapatos; algunos ni siquiera camiseta. Una docena de ellos vestía, sobre sus escuálidos cuerpos, camisetas supuestamente de fútbol. No era, ni por aproximación, bonitas, buenas y reglamentarias camisetas de fútbol. El resto de ellos, no llevaba nada. Uno se levanta y entona el canto homenaje al que todos siguen obedientes. Ganó unos cuantos minutos en el telediario de la noche. A cambio de tan sonora herramienta marketiniana sufrí una tremenda tristeza y una clara inquietud. ¿Es esto la RSC que tanto nos ocupa? ¿Necesitan estos niños equipaciones de fútbol diez tallas más grande y de mala calidad para llenar sus maltrechos estómagos? ¿Es el himno del club vasco una herramienta de educación para abrirles la puerta profesional del futuro? ¿Cuánto se ha gastado el club en viajar a África, hacer el vídeo y distribuirlo?

También, ayer mismo, por la mañana, me había llamado poderosamente la atención este anuncio de la Fundación Telefónica con motivo del Día Universal del Niño. Muestra la carilla dulce de Walter rodeado de bolígrafos superfashion, colores llamativos y cuadernos muy modernos que, casualmente estaban sin empezar. ¿Era sólo el atrezzo? ¿Cuánto ha costado toda la campaña de publicidad a página completa en toda la prensa escrita, los muy bonitos anuncios en televisión “walter ya no está aquí” y la llevada a cabo en otros medios?

Hace unos días abríamos un debate interno sobre el anuncio de Caja Madrid y todos aquellos niños latinoamericanos que, beneficiándose del programa social de la caja madrileña, adoptaban de segundo nombre Madrid. No hubo unanimidad alguna: unos no lo habían visto (a pesar de la amplia campaña en televisión); otros pensaban que estaba muy bien tratado; otros, se mostraron contrariados y avergonzados por la falsa generosidad de la entidad. Pero ha habído una larga y costosa campaña.

Pecando a conciencia de cierta simplificación, si a todo esto unimos el excesivo coste de la Cúpula de la Sala de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, sufragada en parte con fondos españoles de ayuda al desarrollo, y la, para rematar, insensata ampliación del presupuesto destinado a la Casa Real española para arreglar el jardín y la piscina… pues creo que necesitamos unos minutos de recapacitación y una recuperación urgente del sentido común.

Y, a ver cómo lo contamos.

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