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Nadie tuiteará por nosotros cuando hayamos muerto

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Cuando mencionamos las redes sociales, lo normal es pensar en comunicación, marketing digital, marcas, publicidad o estrategias empresariales para la comercialización de productos y servicios online.

Pero las redes sociales han entrado a formar parte de nuestra vida cotidiana, más allá de los negocios o de la actividad de los profesionales del sector. Obviamente, todo ello está generando nuevos escenarios, situaciones desconocidas y una casuística que nos sorprende cada día, con renovados fenómenos.

Sin ir más lejos, ¿Qué sucede con los perfiles de usuarios en redes sociales de las personas que fallecen? Este es un interrogante que está alcanzando cada vez más trascendencia social, en función de su mayor incidencia. No en balde, sí una cuarta parte de la humanidad usa la redes sociales a diario, parece lógico que preocupe a muchos y que otros vean aquí una necesidad no resuelta y una posible oportunidad de negocio. Sin duda, ambas están presentes.

En efecto, cuando se afronta la pérdida de un ser querido, los familiares más directos del fallecido suelen preguntarse qué hacer con sus cuentas de Twitter, Facebook, Instagram, etc. Es inevitable que se generen dudas y sentimientos controvertidos.

En algunos casos se opta por conservar los perfiles, a modo de homenaje perdurable a la persona que nos dejó. Como contrapartida otras familias que se enfrentan a un duelo se inclinan por eliminar la denominada ‘huella digital’ del finado y no dejarla a la deriva de la red o sumida en el abandono o en el desuso. O peor aún, que la cuenta sea hackeada y utilizada para objetivos dudosos.

Las redes sociales más populares no nos ponen nada fácil cancelar la cuenta de una persona fallecida, salvo que dispongamos de los datos personales de acceso, como password, login y acceso a la cuenta de email asociada para confirmar la baja. Por supuesto, de todas y cada una de las redes sociales o servicios análogos que utilizó en vida.

Sin entrar en detalles, Facebook, Twitter, Instagram, etc. suelen pedirnos engorrosos y molestos trámites que suponen el envío por fax o email de partidas de defunción, documentación que certifique nuestra relación legal o patrimonial con la persona fallecida, copias de documentos de identidad, etc. Semejante proceso no se resuelve con agilidad y ya ha provocado numerosas situaciones de desasosiego, insatisfacción, contrariedad e inquietud emocional entre quienes han de realizar otros muchos trámites y gestiones legales, inevitables cuando alguien cercano deja de existir.

Cada vez son más las empresas especializadas que se ofrecen a realizar este molesto trámite en nombre y representación de los interesados, conformando un modelo de negocio impensable hace apenas dos o tres años. Incluso ya un buen número de las más reputadas compañías que comercializan seguros de decesos (los tradicionales ‘seguros de entierro’) ofrecen en sus servicios la opción de gestionar la eliminación de los perfiles y cuentas en redes sociales de los asegurados fallecidos.

Tal vez lo deseable sería que los responsables de las redes sociales líderes fueran más sensibles con las situaciones descritas precedentemente.

Como consejo práctico, no estaría de más que todos intentáramos conservar los datos de acceso a las redes sociales y servicios digitales que utilizamos en un documento impreso, sin archivo digital de respaldo, es decir imposible de hackear por su formato solo en papel. En este documento, solo en formato impreso y bien custodiado, cabría también incluir nuestros datos de acceso a banca online, portales de empleo, claves de tarjetas de crédito, cuenta de PayPal, cuentas de Amazon o portales de compra online, etc. Indudablemente, no hay ninguna necesidad de pensar en el fin de nuestros días para ponderar la utilidad y el valor de esta sencilla precaución. Cualquiera puede olvidar un password o perder la información del disco duro de su ordenador, tablet o smartphone. Mejor prevenir.

De momento, será positivo que nos ocupemos de la seguridad de nuestros datos, si queremos tener la certeza de que nadie tuiteará por nosotros cuando hayamos muerto.

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