Una década. Ese era, aproximadamente, el tiempo que debía transcurrir para que se produjeran cambios significativos en el mundo tecnológico. Hoy, los expertos dicen que esos saltos se producen en apenas tres años. Así que no sé si la palabra que define lo sucedido en estos últimos diez años es exponencialidad o vértigo. La narrativa transmedia, la diferencia sustancial que ha supuesto que las audiencias -y no los citados medios- sean ahora quienes definen el mensaje, la precarización del periodismo… En una década, los miembros de la generación X hemos transmutado en millenials o, incluso en generación Z, adaptando y adoptando nuevas modas, modos, modismos, habilidades y lenguajes, ya sea por la enfermiza necesidad de ser eternamente jóvenes o por mera supervivencia, algo que no se había producido en las generaciones precedentes.

En ese entorno líquido del que hablaba Bauman, quienes nos dedicamos a la comunicación política o institucional hemos pasado de usar la nota o la rueda de prensa y esperar reacciones a acostarnos de madrugada con el móvil encendido, rezando para que un tuit inesperado no desencadene una tormenta en un vaso de agua.

Los usos de los programas del corazón se han trasladado a los espacios de información política, convirtiéndolos en contenedores donde todo cabe y en los que se enseñorea la posverdad, imposible de neutralizar cuando la audiencia ha decidido que prefiere la emocionalidad a la racionalidad. ¿Por qué conformarnos con un programa de análisis serio si podemos tener varios sálvames políticos simultáneos y eternos, solo interrumpidos por los aburridos informativos?
En este tiempo, la comunicación se ha convertido en una pastilla efervescente que se echa al agua, hace que ésta se agite, se disuelve y luego… nada. A otra cosa.

Definitivamente, ese ritmo endiablado nos ha cambiado para siempre y no me refiero solo a que hayamos desarrollado tendinitis en las manos. No estoy segura de si nos ha transformado en mejores profesionales, toda vez que es muy difícil combinar inmediatez y análisis profundo, por más que se tengan al alcance herramientas maravillosas. Lo que sí sé es que esta generación -la mía- a caballo entre dos siglos, entre dos lenguajes, entre dos maneras de entender el mundo y su contenido, no se ha vuelto loca de puro milagro.

Ana Martin Coello

Dircom de Excelencia de la Palabra. Experta en Comunicación Política e Institucional

@anamartincoello

 

Fotografía por Luis Gaspar