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junio 2016

La inteligencia artificial está estudiando ‘la ESO’

By | Actualidad | No Comments

Casi todos identificamos a la ‘inteligencia artificial’ como un concepto fuertemente innovador y ligado a las tecnologías más recientes y llamativas dentro del universo digital. Algo hay de cierto en ello, aunque nos vemos obligados a matizar que la idea de ‘inteligencia artificial’ cuenta con un recorrido histórico bastante más extenso y un alcance aún difícil de aventurar.

Aunque te parezca que es una expresión muy cool, los orígenes de la inteligencia artificial se remontan a comienzos del siglo XIV, en los tiempos en los que el reconocido filósofo Ramón Llull comenzó a formular la posibilidad de que el razonamiento humano pudiera ser desarrollado por procedimientos artificiales. Sin duda, este legendario religioso mallorquín hizo gala de notable valentía y gran carácter visionario, pues desde entonces la idea de la inteligencia artificial ha servido de soporte, inspiración e impulso a numerosas iniciativas multidisciplinares, hasta llegar a los siglos XX y XXI con la irrupción y consolidación de la sociedad del conocimiento y de la información.

No obstante, todavía nos queda mucho camino por recorrer y el gran cambio que la inteligencia artificial podría introducir en nuestras formas de vivir y trabajar parece que no es inminente.  No queda otra alternativa que esperar y seguir trabajando.

Los precursores

Ya nos lo dijo Alan Turing, uno de los padres de la informática, hace varias décadas. Según Turing, podremos decir que existirá la inteligencia artificial cuando no seamos capaces de diferenciar entre un ser humano y un programa informático en una conversación. Es innegable que se han registrado multitud de avances parciales acumulativos que nos permiten hablar de la aplicación de inteligencia artificial en algunos procesos, aunque en ningún caso pueda suplir al cien por cien las funciones y competencias de la inteligencia humana, tal vez porque esta última no es suficientemente conocida desde una óptica estrictamente científica.  Según Jaron Lanier, el prestigioso gurú de la realidad virtual, todavía no llegamos a comprender cómo funcionan los cerebros, así que difícilmente podremos construir uno que sea capaz de tomar decisiones y resolver problemas reproduciendo el modelo de la inteligencia humana.

Los avances prácticos reales, aunque parciales, dentro de la inteligencia artificial son numerosos y algunos de ellos ya forman parte de nuestra realidad cotidiana. Buena parte de las aportaciones que vienen de las tecnologías Big Data y de Internet de las Cosas (IoT) entran de lleno en este ámbito y están facilitando saltos cualitativos relevantes dentro de las tecnologías de la información.

Siri

Por su parte, las compañías más emblemáticas que lideran la transformación digital nos están enseñando a convivir y aprovechar un buen número de pequeños —y no tan pequeños— progresos emparentados con la inteligencia artificial. Seguro que ya has usado alguna vez ‘Siri’, el asistente personal virtual para iPhone y iPad; los filtros de spam de Gmail; las recomendaciones de vídeos de Youtube; las búsquedas por voz ‘Cloud Speech’ de Google; la tecnología Learning Machine aplicada también por Google; la Amazon Machine Learning o el asistente personal en el que ahora trabajan los desarrolladores de Facebook, solo por citar algunos ejemplos relativamente conocidos por la mayoría de los usuarios de a pie.

Es cierto, se trata de diferentes pasos y avances que no siempre toman la misma dirección, pero cada vez estamos más cerca del gran salto de calidad que permitirá a la inteligencia artificial irrumpir de lleno en todos los órdenes de nuestra realidad.

Hoy nos resulta muy difícil comprender cómo tiempo atrás pudimos vivir sin Internet, Google o los smartphones. Dentro de pocos años nuestro mundo no podrá entenderse sin la inteligencia artificial. En cualquier caso, no intentaremos vaticinar cómo será esa realidad futura, porque seguro que erraremos ¡…y mucho!

La inteligencia artificial está ‘aprendiendo’, está ‘madurando’… y es obvio que este proceso global ha de cubrir una secuencia de etapas que, con toda probabilidad, nos conducirá a innovaciones alentadoras. En algún modo podemos afirmar que la inteligencia artificial está estudiando ‘la ESO’ o tal vez ‘preparando la selectividad’.

El pesimismo inteligente te hará más fuerte

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pesimismo inteligenteSeguro que te has dado cuenta. Y no ahora, hace ya una o varias temporadas. Las ideas de la denominada ‘Psicología Positiva’ y las teorías del ‘Crecimiento Personal’ parecen invadirlo todo, de forma transversal, longitudinal y sagital. A poco que accedas a cualquier red social resulta inevitable encontrar un inacabable océano de frases, citas y sentencias que tratarán de abducirte y arrastrarte hacia los inciertos territorios del optimismo a ultranza y de la negación de la adversidad. Hoy queremos darle la vuelta y hablar sobre el “pesimismo inteligente”.

La burbuja del ‘pensamiento positivo’ parece no tener límites y su expansión continúa avanzando, acompañada de una buena carga de superficialidad no exenta de irresponsabilidad ante las dificultades y frente a los titánicos esfuerzos que hoy conlleva abrirse paso y sobrevivir dentro del mercado de trabajo. En efecto, los miles de profesionales que hoy padecen insufribles penalidades para encontrar su lugar en el mundo merecen un poco más de respeto. Los mantras de Paulo Coelho y las letanías inconsistentes de otros autores dudosos representan un constante motivo para la irritación de quienes saben que el fundamentalismo optimista no es condición suficiente ni tan siquiera imprescindible para satisfacer los objetivos personales y profesionales. Y lo peor de todo es que los ‘muyahidines’ de la autoayuda invaden cada rincón de Titear, Facebook o LinkedIn, con sus fotos de florecitas y puestas de sol acompañadas de textos vacuos y pretendidamente grandilocuentes.

Por muchos que se empeñen los mercaderes de la autoayuda, las fuerzas del universo no tienen ninguna intención de conjurarse solo porque tú desees algo con fuerza, más que nada porque muchas otras personas están deseando con más fuerza lo contrario, en legítimo ejercicio de la competitividad profesional. Cuando el optimismo se fundamenta en el trabajo y en el ejercicio de la inteligencia puede ser muy útil. Por el contrario, cuando el optimismo es una actitud ‘folclórica’ y alocada solo puede traducirse en la deriva más irresponsable. Como decía Dwight Eisenhower, ‘el pesimismo no gano nunca una sola batalla’, al menos por sí mismo. Pero a ello tendríamos que añadir que el optimismo es estéril e inútil si no va unido a actitudes más consistentes y productivas. ¿Recuerdas el papel que tuvo el optimismo irresponsable y vacuo en los ‘años dorados’ de la burbuja inmobiliaria? Mejor olvidarlo…

Ventajas del pesimismo

Sin embargo, parece que todo el mundo ha olvidado de repente la función adaptativa del pesimismo y las innumerables ventajas del mismo, cuando se convierte en buenas prácticas de análisis y toma de decisiones. En la misma línea hay que subrayar que las emociones negativas, la tristeza, el enfado, la ira o el dolor también son herramientas que ayudan a las personas a ser conscientes de su realidad personal, social o profesional y nos aportan feedback para superar los retos cotidianos. Sin duda, los vaivenes reactivos en nuestro estado de ánimo sirven a las personas para adoptar decisiones fundamentadas en la realidad, conferirles la energía necesaria, ordenar las estrategias emocionales y mantener planes de acción cognitivamente coherentes.

Por ejemplo, el pesimismo inteligente y la ira moderada nos ayudan a concentrarnos, a mantenernos en tensión y aumentar nuestro rendimiento personal y profesional en aquellas ocasiones en las que se necesita un plus de atención y motivación, que no son pocas.

También hay que destacar que el pesimismo y los sentimientos razonablemente negativos funcionan como una poderosa vacuna, como un antídoto contra los despistes, la ingenuidad, la autocomplacencia y la relajación irresponsable. Por supuesto que el elogio debilita, pero el optimismo sin control puede dejarte totalmente indefenso.

Antídoto contra la vanidad

El pesimismo también funciona como remedio para contrarrestar la vanidad desmesurada y los egos hipertrofiados, con las consiguientes ventajas para la comunicación y el armonioso trabajo dentro de un equipo de trabajo u organización. En otras palabras, el pesimismo es amigo de la humildad y enemigo de la soberbia.

No pretendemos defender de forma injustificada el valor funcional del pesimismo y de las emociones negativas en el trabajo y en la vida. Si así lo hiciéramos caeríamos en el mismo fanatismo extra-científico en el que se mueven los gurús de la autoayuda y del crecimiento personal, pero en sentido contrario. Eso sí, no podemos olvidar que el pesimismo inteligente posee un valor adaptativo irrenunciable para la madurez y para el desarrollo personal y profesional.

Redes sociales, Big Data, CRM y atención al cliente

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El tremendo auge de las redes sociales ha llevado a un buen número de empresas y profesionales a estar presentes en el ‘ecosistema natural’ en el que ahora se mueven, interactúan y se expresan los consumidores, tanto en el plano individual como en el colectivo. Las últimas tecnologías y metodologías de Big Data y de Cloud Computing no han hecho sino consolidar esta tendencia y ahora cabe augurar prometedores escenarios de crecimiento, justo en esta confluencia.

Cada vez resulta más difícil para una compañía con aspiraciones permanecer al margen de una realidad con la vitalidad que hoy muestran las principales redes y medios sociales. En efecto, la participación masiva que se registra en los Social Media, su enorme capacidad para recoger datos personales y su poder para hacer circular información relevante hacen de estos soportes un escenario prometedor para las prácticas de marketing más efectivas y ajustadas a las necesidades del mercado. Y hablamos de las necesidades reales de las empresas, de los profesionales y de los consumidores finales de productos y servicios. Por supuesto, no es nuestra intención marearte ahora con delirios de gurú indocumentado. ¡El cielo nos libre!

Las empresas que no están presentes en las redes sociales permanecen en un limbo estéril y amenazante para su competitividad y para su supervivencia. Hasta hace un tiempo, buscábamos la información sobre una empresa en Google y ahora cada vez es más frecuente recabar datos de productos, concursos o promociones en Facebook, Twitter, Gmail o incluso LinkedIn. El usuario ‘de infantería’ no puede por menos que sorprenderse cada vez que entra en una red social o servicio ‘en la nube’ y detecta la precisión con la que la pantalla es capaz de ‘adivinar’ sus deseos o intenciones de compra inmediata. Al fin y al cabo, cual figura celestial, el Big Data está en todas partes y lo sabe todo, todo, todo.

¿Qué es lo que inicialmente atrajo a las compañías líderes a las redes sociales? Por encima de todo, sus semejanzas con los ya tradicionales sistemas CRM (Customer Relationship Management), es decir, su potencial para recoger y conservar enormes volúmenes de datos de filiación correspondientes a múltiples clientes. Así es, en principio, los responsables de marketing de tantas y tantas firmas vieron que Facebook, Linkedin u otras redes sociales podrían ser esa enorme base de datos que permitiera a un sistema CRM su funcionamiento ideal. Un cruce de caminos y una oportunidad que aún no llegamos a aprovechar suficientemente. Cada vez estamos más cerca… Tiempo al tiempo.

Habitualmente, el aprovisionamiento de datos para sistemas CRM ha sido una tarea costosa y de relevancia crítica, y de esta forma las redes sociales proporcionaban un proceloso caudal de datos incluso por encima de los niveles requeridos hasta entonces. No solo era posible conocer los datos ‘clásicos’ del perfil de cada cliente potencial (edad, sexo, profesión, lugar de residencia, lugar de nacimiento, nivel de ingresos, nivel de formación, etc.), ya que también podían quedar accesibles otros registros relativos a gustos, preferencias, relaciones sociales, hábitos de consumo o imagen percibida de tal o cual marca, además de una tremenda facilidad y comodidad para la segmentación.

Sin que tú mismo llegues a saber muy bien cómo, la nube conoce con rigor cuál es tu marca de maquillaje favorito; cuál es el club de fútbol de tus amores; si tienes previsto salir pronto de vacaciones; si estás buscando empleo o incluso llega a tener datos precisos sobre tu orientación sexual o sobre el partido político al que piensas votar en las próximas elecciones.

Evidentemente, el potencial de los medios sociales irá mucho más lejos en la medida en la que ofrezca la opción de que la propia compañía forme parte de ese ‘ecosistema’ de clientes como parte activa de la conversación y de la interacción. Hasta el extremo que el foco de atención se traslada desde los perfiles o datos de filiación de los clientes hasta la propia relación que se establece con los mismos, en forma individual o grupal.

Hay que perseguir a los clientes allá donde estén y parece que ahora la mayoría pasa buena parte de su tiempo en las redes sociales. Lo que la sabiduría popular suele llamar el ‘Donde va Vicente…’.

En consecuencia, comenzamos a interpretar que es más importante la relación que se establece con los clientes potenciales que la mera acumulación de datos personales. Además, parece que las redes sociales tienen buena imagen entre los usuarios y mola mucho más si nos encuentran allí, dispuestos a prestarles servicios. No obstante, es innegable que el poderío de las tecnologías Big Data sigue creciendo y provoca en el mercado sentimientos y expectativas antagónicas.

¿Vivimos frágiles e indefensos ante el poder de la información que sobre nosotros poseen las grandes compañías e instituciones…? o por el contrario ¿podríamos afirmar que las metodologías Big Data ayudan a ajustar oferta y demanda y representa una poderosa herramienta de sostenibilidad? Mejor plantear esta espinosa cuestión dentro de una década, que a buen seguro todavía no estaremos en condiciones de ofrecer respuestas veraces y fiables.

No obstante, el avance de los SRM (Social Relationship Management) comienza a ayudar a progresar en la gestión de la relación con los usuarios y también en visualizar las redes sociales como posibles plataformas de prestación de servicios a nuestros clientes. Esta es una práctica que ya comienza a extenderse y representa una fuente de valor añadido para nuestra actividad. De hecho, ya se prestan servicios de atención al cliente que, en muchos casos son posibles gracias a aplicaciones Cloud Computing que permiten procesos automatizados. Además, poco a poco se van dando pasos en el establecimiento de patrones de comportamiento online que permiten identificar diferentes categorías o tipologías de clientes, y responder en consecuencia y de forma automatizada.

Sin duda, se trata de un paso significativo para ajustar la oferta a los requerimientos y necesidades de los clientes, siempre partiendo del potencial social de las redes y de la nube.

Competencia, cooperación, liderazgo y Síndrome de Cronos

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Aunque pretendas ser muy exquisito y elegante, sabes de sobra que la competitividad profesional no solo consiste en potenciar nuestras destrezas profesionales y hacer todo lo posible por minimizar los puntos débiles que lastran nuestro crecimiento laboral. Por supuesto que no. Se trata de una condición necesaria, pero no suficiente. Por desgracia.

Por mucho que nos duela decirlo, la competitividad laboral a veces pasa también por tratar de evidenciar los defectos y puntos frágiles de aquellas otras personas que te disputan un mismo objetivo profesional. De paso, si puedes lograr que las excelencias profesionales de los demás pasen desapercibidas, mejor que mejor. Ya sabemos que es una monumental ‘incorrección política’, pero la competencia entre personas y empresas es así, literalmente. Y forma parte de la vida de la dinámica natural de las relaciones entre las personas. No la hemos inventado nosotros, pero tampoco vamos a caer en el papanatismo ingenuo de negarla o demonizarla.

Como decía Miguel de Cervantes en la segunda parte de ‘El Quijote’, haceos miel, y paparos han moscas (convertiros en miel y os comerán las moscas). No es sino una advertencia de las siniestras consecuencias que puede depararnos el exceso de confianza, el buenismo o la creencia ciega en el ‘poder sobrenatural de la cooperación’.

La competencia y la cooperación colaborativa conviven y cada una tiene su espacio necesario y deseable entre las personas, los equipos y las organizaciones. Negar cualquiera de ellas equivale a ocultar la existencia de cosas tan naturales como la brisa, los huracanes, la risa, el llanto, el sol, la lluvia, la salud o la enfermedad.

No parece sensato identificar la competencia con las malas prácticas organizacionales ni percibirla como algo oscuro, perverso y carente de ética. No obstante, en la práctica la competitividad si puede volverse amenazante y dañina para empleados y organizaciones, especialmente cuando se pretende alcanzar logros laborales con desprecio al necesario esfuerzo personal y al imprescindible crecimiento profesional. Es duro reconocerlo, pero los profesionales poco dados al sacrificio y enemigos de la excelencia, a menudo son perspicaces a la hora de encontrar atajos poco confesables para llegar al éxito, con inusitada rapidez.

Una de las perversiones más frecuentes que genera la competitividad en el seno de las organizaciones es el Síndrome de Cronos, un conjunto de pérfidas malas prácticas de liderazgo que sí merece la pena combatir con todo nuestro aliento.

El Síndrome de Cronos engloba un conjunto de acciones que algunos líderes organizacionales priorizan con el objetivo de anular cualquier tipo de competencia que pueda proceder de las personas que integran sus equipos. Suele afirmarse que más de la mitad de las organizaciones padecen esta plaga, independientemente de su naturaleza, actividad y tamaño.

La verdad, el Síndrome de Cronos es fácilmente detectable en convivencia con prácticas de liderazgo autoritario y con jefes de dudosa talla profesional.

¿Cómo puedo identificar si mi empresa o mi jefe padecen el Síndrome de Cronos? Si detectas la presencia de estos síntomas en tu trabajo, ten por seguro que tienes un problema:

  1. El líder Cronos suele ocupar puestos relevantes y nadie sabe muy bien cómo ha llegado allí. Y si lo sabe, prefiere ocultarlo, por su propia supervivencia.
  2. El líder afectado por el Síndrome de Cronos acostumbra a contar con exiguos niveles en las competencias profesionales más relevantes. No sabe hacer casi nada, ni falta que le hace.
  3. El jefe Cronos suele mostrarse casi siempre inseguro y desconfiado ante sus colaboradores. Los percibe como una amenaza y apenas les concede oportunidades para mostrar públicamente su saber hacer.
  4. El jefe Cronos es enemigo del talento ajeno y envidioso del potencial éxito de las personas de su equipo. Siempre intentará que nadie le haga sombra y procurará que las zonas de crecimiento y aprendizaje queden lejos de su territorio.
  5. El líder Cronos habitualmente es autoritario, huraño y con malos modales. En mayor o en menor medida, utiliza prácticas de mobbing y se sirve del miedo para inhibir eventual competencia entre los empleados que componen su equipo.

La verdad, el Síndrome de Cronos es una de tantas y tantas enfermedades organizacionales que nos hacen percibir aspectos negativos en la competitividad y en el crecimiento profesional. Lamentablemente, representan algunas de las causas más frecuentes de malestar laboral que no siempre es fácil de afrontar. Ni mucho menos.

Al fin y al cabo, el Síndrome de Cronos suele aparecer en líderes Incompetentes. No es necesario recordar, que Incompetencia es lo contrario de Competencia. No diremos nada más.

Consultoría y Outsourcing: competir en tiempos de cambio

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La crisis financiera global que hemos venido padeciendo desde hace unos años ha tirado por tierra las alegrías y excesos que caracterizaron los tiempos de la bonanza económica. Nos ha costado, pero ya nos vamos haciendo a la idea que las vacas gordas han pasado de largo y no tienen intención de regresar tal y como las conocimos años atrás. Ya hemos dejado de perseguirlas y parece que vamos encontrando algún consuelo y resignación a tan amarga ausencia.

Ante la huída de las vacas más generosas, nuestras empresas se desenvuelven ahora según pautas diferentes y ello se hace notar sensiblemente dentro del flujo de transacciones B2B más usuales. Se vende menos, se compra menos y se miran de reojo las cuentas a cada segundo, por lo que pueda pasar… Ni las políticas de precios, ni la negociación de presupuestos son ya las mismas y poco tienen que ver con el período expansivo que dejamos atrás.

El nuevo escenario mercantil generado por los tiempos de recesión se ha dejado sentir muy especialmente dentro de las firmas de consultoría y outsourcing, que viven ahora la necesidad de implantar y mantener criterios de flexibilidad, prudencia y austeridad, muy especialmente en lo que respecta a la gestión de los precios, de los costes y al propio concepto de externalización de servicios. Ya no nos queda casi nada de aquellos años de crecimiento vertiginoso y no nos queda otra que cambiar de catalejo y de timón si no queremos naufragar en mitad de la añoranza.

Dentro del mercado de servicios de consultoría y outsourcing en nuestro país, el factor que ha adquirido un mayor protagonismo es el de la presión de los precios. Todo el mundo regatea, se dilata la negociación y no se ve el momento de aceptar un presupuesto y contratar una oferta. En efecto, el volumen global de servicios contratados ha decrecido considerablemente, y el sector se enfrenta al hecho incuestionable del menor presupuesto disponible de Administraciones Públicas, empresas privadas u organizaciones del tercer sector para invertir o gastar en esta tipología de conceptos. Todos dicen estar ‘tiesos’. Los clientes se nos han vuelto tacaños, y buscan obtener servicios parecidos a los que contrataban tiempo atrás, pero con desembolsos significativamente más bajos, y esta es una situación nada fácil de asumir para multitud de pequeñas y medianas empresas proveedoras dentro del sector de consultoría y outsourcing. La palabra postcrisis se ha convertido en el comodín mágico que los clientes utilizan para recortar nuestras ofertas y dejarnos al borde del colapso. ¡El cielo nos proteja!

Por ejemplo, la demanda total de servicios de consultoría  en España registró en los últimos ejercicios una brutal caída de la que aún no terminamos de despegar como nos gustaría. Los presupuestos que manejan las empresas clientes son ahora más restrictivos, y estos buscan la adaptación a través de la renegociación a la baja o de la búsqueda de nuevos modelos de contratación de servicios que les resulten menos gravosas. Nuestras compañías de consultoría se ven abocadas a minimizar los ratios de rentabilidad o incluso a aceptar pautas de calidad menos exigentes en la relación con el cliente. En otras palabras, nos están dejando en las últimas.

Es obvio que estas tendencias marcan una dinámica competitiva intrasectorial en la que los factores más relevantes a la hora de competir pasan a ser el precio, la financiación y las condiciones globales de pago.

En este estado de cosas, cada vez ganan más enteros los modelos comerciales y funcionales en los que se factura según los servicios que se han disfrutado o prestado en la práctica, con plena personalización en las necesidades del cliente. Desde esta perspectiva, a la vuelta de algún tiempo, los servicios de outsourcing si podrían salir fortalecidos una vez que los datos de crecimiento comiencen a brindar perspectivas más favorables que el tímido repunte que estamos viviendo en los tiempos más recientes, aún marcado por la incertidumbre y por los temores a una nueva crisis financiera.

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