El bueno, el feo y el tóxico

By 17/05/2016Actualidad

En los últimos años, todo el mundo en las empresas menciona permanentemente a las denominadas ‘personas tóxicas‘ como un recurso fácil e inmediato para encontrar explicación al mal clima laboral, a la comunicación deficiente, a la falta de participación colaborativa, a la competencia interna malsana, al liderazgo chapucero o al caos organizativo. Si algo no te sale como esperabas, la responsabilidad siempre será de otros. Nunca tuya. Ya sabes, en caso de apuro, ¡échale la culpa al boogie…!

Si algo va mal en tu empresa o padeces los efectos perniciosos de cualquier conflicto interno, siempre habrá alguna ‘ persona tóxica ‘ a la que achacarle la culpa de todas las desgracias y desatinos. Por supuesto que este concepto de toxicidad, sin más, es un argumento maniqueo y reduccionista, con escasa utilidad en la gestión de personas y organizaciones empresariales. ¡Ojo! No estamos afirmando que no existan los profesionales incompetentes, obtusos, problemáticos o carentes de talento. Es innegable que están ahí y podemos constatar sin dificultad su inevitable presencia.

Pero parece poco útil que en el siglo XXI recurramos a rancios y simplones principios morales de dualidad, ya se sabe, el bien y el mal; el ying y el yang; los ángeles y los demonios; Harry Potter y Voldemort; Rebeca y su ama de llaves; Cenicienta y la madrastra o Falconetti y los hermanos Jordache.

Es inevitable, nos ha tocado vivir un tiempo en el que tales simplificaciones de bajo nivel son muy bien acogidas cuando se trata de explicar un mundo cambiante, tenso, paradójico y, a menudo, polarizado. Las ideas ramplonas se compran y se venden con total fluidez.

Toda la vida hemos convivido con villanos, miserables, malnacidos, desleales, infames, indecorosos, ruines, malandrines, traidores y gentes despreciables pero, de ahí a convertir difusas evaluaciones del comportamiento ético de los profesionales en teorías ‘de todo a 100’, media un abismo claramente falto de rigor, siempre que estemos hablando de Management. Por el contrario, si estamos en mitad de una tertulia ociosa de barra y de chiste, siempre aceptaremos el término ‘persona tóxica‘ como animal de compañía.

Los presuntos expertos que hablan de gente tóxica hacen referencia a profesionales afectos de ira, odio, rencor, malos sentimientos, faltos de empatía, ególatras y que resultan por sí mismos nocivos o dañinos para el bienestar de sus compañeros, equipos y empresas.

La verdad, no llevamos media vida escribiendo y trabajando sobre modelos de liderazgo transformacional y organizaciones colaborativas, para que lleguen unos cuantos avispados y lo vulgaricen todo con el dudoso modelo de las personas tóxicas y la necesidad de prevenirnos o defendernos de ellas. Los ‘buenos’, los ‘feos’ y los ‘malos’ llevan mucho tiempo inventados y está claro que no podremos nunca resolver problemas organizacionales o de liderazgo, más o menos complejos, acudiendo a semejantes banalidades.

Muy posiblemente, la expresión ‘personas tóxicas‘ surja como consecuencia de la era de hipocresía y presunta corrección política en la que nos ha tocado convivir. Al fin y al cabo, ‘personas’ tóxicas’ solo es un eufemismo de insultos y descalificaciones profesionales bastante más soeces, descriptivas y contundentes.

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