Orígenes filosóficos de la comunicación persuasiva

By 22/03/2016Opinión

¿Sabéis que tienen en común un discurso de Barack Obama, un anuncio de Chanel, una campaña de ludificación del V.W. Polo y una nota de prensa de Repsol? La respuesta se encuentra en una obra escrita hace más de ¡2.300 años! Su título es La Retórica y el autor, Aristóteles. Dicho tratado establece los fundamentos de la comunicación corporativa, publicitaria, política, institucional, emocional y periodística.

A través de este post trataré de descubrir  como los preceptos teóricos y la metodología  expuestos en La Retórica se aplican a diario y de forma multidisciplinar en las áreas de la Comunicación profesional. La base conceptual de la obra gira en torno al dominio de la palabra y el discurso -discursividad- como instrumentos para ejercer la comunicación persuasiva. Junto a estos elementos se sitúan los argumentos o razonamientos que se presentarán al público para convencerle apelando a sus sentimientos y/o emociones. Asimismo, Aristóteles determina y analiza los protagonistas de dicho proceso: emisor, receptor, mensaje  y canal o medio. El emisor deberá proyectar una imagen de credibilidad, autoridad y moderación que facilite la aceptación de sus mensajes por el interlocutor. En cuanto al receptor, resultará primordial conocer su edad aproximada y su condición social. De esta forma, los contenidos se adaptarán a las particularidades de la audiencia. El mensaje se caracterizará por un estilo sencillo pero elaborado, aunque sin transmitir la sensación de artificiosidad. El vocabulario será claro e inteligible para todos los públicos. Y será pertinente el empleo de recursos ‘lingüísticos’ que atraigan la atención del interlocutor. Aristóteles define la estructura de los mensajes en préambulo, proposición y epílogo. En el preámbulo se captará la atención del público para presentarle el tema que se abordará posteriormente. En la proposición se volcará toda la fuerza argumental y narrativa de la exposición. El epílogo contendrá una sinopsis con el fin de resumir y consolidar el mensaje transmitido. En el mensaje se apelará al componente racional y emocional que predisponga al interlocutor en el sentido deseado por el emisor. Por último, precisa que el mensaje y sus estructuras siempre se adecuarán al canal o medio a través del cual se transmita.

Como corolario, este artículo constituye una mirada al pasado que nos retrotrae a los conceptos primigenios de la comunicación. Este llamamiento es pertinente en el entorno digital predominante en el que nos hayamos. De hecho, en la actualidad empleamos la infinidad de soportes y canales tecnológicos que están a nuestro alcance. Así, estamos presentes en las redes sociales tradicionales  (Facebook, Twitter, Instagram,  Pinterest, YouTube, etc.) y otras emergentes (Periscope, Meerkat). Y nos encontramos al día de sistemas de mensajería privados como Telegram y de innovadoras aplicaciones como Snapchat. Por supuesto, conocemos las tendencias en la creación de contenidos de marca (branded content, storytelling, scrollytelling, etc.) Y tratamos de aproximar al público por medio de temas personalizados, ludificados, gamificados y de calidad, desarrollando así la transversalidad de la información. Pero, simultáneamente no debemos olvidar que el medio –soporte tecnológico- no es el fin, sino que debe ser una herramienta en el ejercicio de nuestra profesión. Y debemos recordar aquel aserto de los pensadores clásicos: ‘lo más antiguo es lo más moderno’. Pasado y presente se dan la mano, puesto que el objetivo final –orientar, influir en la voluntad del interlocutor por medio de estímulos persuasivos y apelando a sus  emociones- continúa siendo el mismo veintitrés siglos después.

Javier Prieto @Willyeforever

Periodista

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