El ocaso de la humildad en la era de los cretinos

By 14/10/2014Actualidad

En primer lugar, queremos dejar claro que esto no es un blog de autoayuda, ni la Web de una secta destructiva, a pesar del título un tanto inquietante que encabeza este artículo. Con este post sólo pretendemos poner en orden algunas ideas contradictorias relacionadas con el desarrollo de carrera y con las expectativas laborales de los profesionales de la comunicación y del marketing.

Como ya conoces de sobra, vivimos en la era de la autoconfianza, de la autoestima y del autobombo. Da igual que trates de convertirte en emprendedor o simplemente que intentes sobrevivir en el intrincado mercado laboral de nuestro tiempo. Todos te dirán que necesitas tener la autoestima por las nubes y competir con la certeza de que eres el mejor y que tu potencial no tiene límites, aunque sea mentira. Precisas acaparar toda la excelencia aparente para ti solo, más allá de tus destrezas profesionales y de tus capacidades reales.

En sentido estricto, la autoestima es una percepción evaluativa que cada persona tiene de sí misma. Parecería sensato desear que los niveles de autoestima profesional guarden alguna relación proporcionada y razonable con la realidad de cada cual, sin menoscabar ni sobrevalorar en exceso las expectativas subjetivas de éxito. Por desgracia, esta práctica no es usual ni frecuente.

En efecto, abusar del autobombo puede conducirnos a presentarnos con una imagen que inspire cierta desconfianza y escasa credibilidad en nuestro entorno. En otras palabras, el sesgo al alza que muchos defienden con respecto a la autoconfianza y a la autoestima puede llevarte a defender un burdo, vano y pretencioso cóctel de vanidad, arrogancia, soberbia y prepotencia.

En 1999, los profesores Justin Krugger y David Dunning, de la Universidad de Cornell (en Ithaca, estado de New York, EE.UU.), formularon el ya popular efecto Dunning-Kruger que puede resumirse en dos conclusiones:

  • Las personas incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades.
  • Las personas incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades de los demás.

El efecto Dunning-Kruger es una evolución del conocido principio de incompetencia de Laurence J. Peter, enunciado en 1969, según el cual ‘en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia’.

A su vez, los trabajos de Dunning y Kruger tuvieron la secuela ácida y sarcástica conocida como Principio de Dilbert, original del universal dibujante de tiras cómicas Scott Adams, que puede resumirse en que ‘las compañías tienden a ascender a sus empleados menos competentes a puestos directivos para limitar así el perjuicio posible que pueden provocar en sus organizaciones’.

A día de hoy, las ideas  e investigaciones de Peter, Dunning, Kruger y, por supuesto, de Scott Adams se han hecho merecedoras del respeto y de la consideración de la comunidad científica y de los más reputados ejecutivos, a pesar de su carácter surrealista y satírico.

Si tuviéramos que extraer alguna conclusión al respecto, resultaría factible afirmar que en el universo de la empresa, la vanidad, la soberbia, la autoestima desmedida y el autobombo pueden aumentar las posibilidades de éxito profesional, aunque estemos hablando de completos inútiles y absolutos incompetentes. Es más, los más altos logros parecen estar al alcance de los ‘cretinos’ que sepan ‘venderse’, con grandes dosis de tenacidad y arrogancia.

En otro tiempo, la humildad era considerada en la práctica como un valor universal, sólido y práctico, entendido como el conocimiento claro, explícito y consciente de los propios puntos débiles y limitaciones. Ahora se sigue hablando de humildad, pero casi siempre asociada al fracaso, a la inseguridad o a la inexperiencia. Muchos entienden que la humildad es incompatible con la autoestima, aunque tal aseveración carezca de fundamento.

Si se nos permite la imprudencia, puede decirse que los profesionales incompetentes incrementan sus opciones de éxito en tanto sean menos conscientes y consecuentes con sus limitaciones. Es decir, a menor humildad, mejores expectativas de triunfo profesional.

En definitiva, estamos en condiciones de predecir el definitivo ocaso de la humildad y la victoria de los cretinos, sin dejar de reconocer el tono caricaturesco de tal afirmación. Al fin y al cabo, una caricatura no es más que un reflejo de la realidad que exagera y deforma sus rasgos más relevantes y reconocibles.

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