Experiencia y éxito profesional ¿son enemigos de la innovación?

By 27/03/2014Actualidad

En los últimos años, los profesionales de la comunicación hemos llegado a provocar un imparable tsunami de conceptos y palabras relacionados con la innovación, el cambio, la excelencia y la competitividad.

Es innegable que no somos, en absoluto, los únicos responsables de esta profusa inflación de nuevos mantras vinculados con la creatividad y con las ideas generadoras de oportunidades, riqueza y empleo. Sin duda, los discursos oficiales, los mensajes institucionales y la cultura dominante del emprendimiento se han encargado de propagar a fondo estos renovados mandamientos de la productividad, del éxito y de los negocios presuntamente viables.

Nos duele reconocerlo, pero hablar de innovación se ha vuelto un tanto cansino y recurrente. No es nuestra intención señalar a nadie, pero no siempre quienes más argumentan respecto de la innovación son los que la hacen realidad en mayor medida.

Tenemos claro que el abuso y la reiteración de una idea casi siempre conllevan su paulatino desgaste y pérdida de contenido. De hecho, y sin ánimo de caer en la vanidad, podemos afirmar que los que trabajamos dentro del ámbito de la comunicación, la publicidad y el marketing hemos sido pioneros históricos en la aplicación de paradigmas, modelos, procedimientos e ideas innovadoras.

La innovación y la creatividad son aspectos y condiciones inherentes a las buenas prácticas dentro de la comunicación, la publicidad y el marketing. No es ningún secreto.

No ‘inventamos’ las técnicas de creatividad ni fuimos los primeros en hablar del pensamiento paralelo en el contexto de las empresas y de los recursos humanos, pero no es posible entender nuestro trabajo sin la búsqueda incesante de nuevas ideas creativas generadoras de negocio, riqueza y, por supuesto, también empleo.

No tenemos ningún privilegio de exclusividad con las musas, pero si estamos a menudo entrenados en destrezas que nos facilitan apartarnos de los patrones de pensamiento lógico convencionales para producir ideas diferenciadas con capacidad para aportar valor a clientes, a empresas y a la sociedad en su conjunto.

Habitualmente se registra una curiosa paradoja en los profesionales de todos los sectores de actividad: mientras más conocimientos y experiencias formales acumulan, se van mermando sus competencias profesionales para ser innovadores y creativos. Dicho de otro modo, de forma involuntaria, su trabajo se va viciando y acomodando a formas de pensamiento estandarizadas. Se opta por la facilidad de caminar por un sendero desbrozado, en lugar de ensayar nuevas vías que nos conduzcan al crecimiento profesional y al descubrimiento de soluciones innovadoras. De una u otra manera, vamos perdiendo frescura y flexibilidad para afrontar nuevos retos desde ópticas diferenciadas.

Obviamente, hay actitudes, hábitos y estados de ánimo que nos pueden ayudar a revertir esta realidad y a percibir oportunidades allá donde otros solo ven amenazas.

Como ya expresó hace más de medio siglo Edward De Bono, creador del concepto de pensamiento lateral, ‘La inocencia es algo que la experiencia no puede proporcionar’. ¿Podríamos afirmar entonces que la experiencia es enemiga de la innovación? Para nada.

Es obvio que la experiencia profesional y personal es algo parecido a la ‘materia prima’ sobre la que aplicar hábitos de pensamiento innovador con poder para generar ideas útiles y productivas en el trabajo y en los negocios. Pero para que ello sea posible resulta necesario que percibamos y gestionemos esta información de otra forma. En definitiva, todo consiste en entrenarnos para aprender a pensar de forma diferente, como nadie nunca quiso enseñarnos en nuestros tiempos de de escolares, estudiantes, universitarios o becarios.

Se trata de aprender una forma específica a organizar los procesos de pensamiento, para encontrar soluciones innovadoras mediante estrategias o algoritmos no ortodoxos, que normalmente serían ignorados por el pensamiento lógico.

Hablamos de una destreza que es más difícil de explicar que de llevar a la práctica. ¿Por qué no probamos a hacerla realidad?

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