Adictos al trabajo y a la pereza

Hace algún tiempo, una alumna en un curso de ‘gestión de proyectos’ logró sorprender a todos en el aula, con el simple relato de algunas anécdotas comunes de las que fue testigo, durante los años en los que vivió y trabajó en Francia. Estas situaciones hacían referencia a la consideración y al trato que en el país vecino se dispensa a los adictos al trabajo. Esta chica contaba que cualquier empleado que en el país vecino era sorprendido trabajando fuera del horario laboral establecido, casi siempre era objeto de una dura reprimenda por parte de sus superiores.

Para la mayoría de las empresas francesas, todo aquel profesional que trabaja más horas de las regladas, o bien anda demasiado cargado de trabajo o corto de cualificación. En consecuencia, se estima que algo no marcha bien cuando un profesional muestra indicios de adicción al trabajo o de carencia de competencias o habilidades profesionales, según se mire.

No hace falta recordar que en nuestro país continuamos bajo la cultura de la presencialidad. En la mayor parte de las empresas está mejor visto permanecer muchas horas en la oficina, por encima de la productividad, del rendimiento o del logro de objetivos. No es ningún secreto que aún permanecemos, en muchos casos, bajo la presión de horarios de trabajo desmedidos en los que se llega a las 9 de la mañana a la oficina (o antes) y no la abandonamos casi nunca antes de las 20:00 horas (o después). Además, suele ser usual que se convoquen reuniones más o menos trascendentes e inacabables a partir de las 18 o las 19 horas, algo que no parece ayudar mucho a la productividad, y mucho menos a la conciliación de la vida laboral y familiar.

Ante esta realidad, no debe parecernos raro que el profesional adicto al trabajo, el workaholic o el ergomaníaco, sean encumbrados en las empresas hasta las más altas cimas del desarrollo de carrera profesional. No obstante, la gran paradoja nos viene en el hecho de que bajo la piel de un denodado y sacrificado yonki de su profesión suele esconderse, en muchos casos, un profesional desorganizado, que gestiona mal su tiempo y consigue resultados dudosos. Este tipo de empleados suele ser de los de ‘mucho ruido y pocas nueces’ en sus hábitos cotidianos y en el manejo de su agenda, casi siempre caótica o inexistente.

De todas formas, no nos olvidaremos de mencionar al verdadero adicto al trabajo, no necesariamente improductivo. Es el que convierte su actividad profesional en el leitmotiv de su vida, descartando familia, amigos, ocio, descanso o cualquier otra cosa parecida. En este caso, hablamos de personas aquejadas de desórdenes emocionales más o menos severos, que nada tienen que ver con los de los ya descritos maestros de la holganza ruidosa, hiperactiva y tecnológica.

De la lucha por la conciliación a las teorías laborales revisionistas

La otra cara de esta misma moneda la defiende Jack Welch, CEO durante más de dos décadas de General Electric. En unas declaraciones al diario The Wall Street Journal, aseguró que no tenía nada en contra de los empleados que se negaban a trabajar más horas del tope legal marcado por la ley o que pretendía conciliar la vida profesional con la familiar. Sin embargo, lanzaba la advertencia de que “este tipo de gente nunca va a promocionar en su carrera ni ascender en la empresa”.

Después de que Welch abriese el melón de la conciliación laboral, una aspiración incuestionable e incluso aplaudida hasta aquel momento, una retahíla de CEO se adhirió a sus revisionistas teorías. Poco a poco fueron elevando el tono de sus críticas contra las aspiraciones familiares de los trabajadores, hasta llegar al punto de calificar de “inútiles” y “vagas” a las personas que se quejaban por sus horarios. “Si alguien dice estar agotado por trabajar 70 horas a la semana significa que no es lo suficientemente competente como para realizar las tareas que le han sido asignadas, por lo que se contrató a la persona equivocada”, criticaba recientemente el columnista y coach en negocios Marty Nemko.

Dos ideas que lanzo al debate:

  • Si los que siempre están en la oficina se quedan con los ascensos y promociones,  el resto, ¿se queda con sus familias y sus aficiones?
  • ¿Es la crisis la que evidencia  que la conciliación y las ocho horas eran mentira y lo serán siempre?

 

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